Lucius III
12 de julio de 1966
A media noche un graznido que provenía de la ventana
me despertó. Fui hacia ella y vi un cuervo. Al ver que no se iba abrí la
ventana y este entró y se posó en mi hombro. Decidí quedármelo, así por lo
menos tendría compañía.
Dejé el cuervo en la habitación y vagué por la casa
en busca de Marita para ver si le había dicho a alguien lo que hice el otro
día. Cuando la vi demostró saberlo todo, se le notaba en la cara. Volví a mi
habitación y allí planeé su asesinato. Cogí cloroformo, una llave inglesa y un
candado y me puse manos a la obra.
Marita estaba lavando los platos en la cocina principal
cuando entrando sigilosamente la cogí por sorpresa y la dormí con el
cloroformo. La arrastré hasta la cámara frigorífica y la encerré, echando el
candado. Después subí la temperatura de esta con la llave inglesa. Poco a poco
su cerebro se fue congelando y con este también sus conductos respiratorios y
su frágil corazón. Al congelarse esto se producen dos muertes, la muerte por paro
cardiaco y por derrame cerebral.
Cuando un detective contratado por mis padres llegó,
empezó a buscar pruebas y sospechaba de mi. Entonces fui al garaje y cogí un
destornillador de la caja de herramientas. Sin que nadie me viera abrí el gas de los fogones. Como el detective
siempre llevaba un puro encendido en la boca era un plan genial.
-
Niño no
toques las pruebas- me gritó desde la puerta.
-
Vale,
vale don detective sabelotodo, no hace falta gritar.
Al acercarse a los fogones, el cúmulo de gases hizo
el resto. Este le explotó en la cara
dejándosela en carne viva.
Para rematarlo le clavé el destornillador en la
yugular y murió desangrado. Para no quedar pruebas me llevé el destornillador a
mi habitación y allí decidí que iba a hacer con él.
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